Dicen que la ley es letra muerta si no nace del alma de quien la lee y la vive. En el caso de la Educación de Jóvenes y Adultos en Panamá, la Ley Orgánica de Educación (Ley 47 de 1946, con reformas posteriores) plantea una realidad esperanzadora, pero su materialización depende de voluntades, recursos e imaginación pedagógica.
Recuerdo que mi abuelo quedó sin completar la escuela primaria. Más tarde, en su vejez, volvió a sentarse en el aula, con manos arrugadas, para aprender a escribir su nombre, pues siempre fue uno de sus más grandes sueños. Lo que él vivió cobra sentido en esta definición legal normada por la legislación escolar panameña, tan clara y poderosa:
“La educación de jóvenes y adultos se concibe como el conjunto de acciones educativas que se desarrollan en distintos niveles, modalidades, formas de aprendizajes…”
“Esta educación se ofrecerá a la población mayor de quince (15) años que no ha tenido la oportunidad de acceder a los servicios educativos del subsistema regular…”
Esa precisión leyó no solo un artículo, sino una vida: la de quienes por diversas razones quedaron fuera del sistema formal. Y el lenguaje legal lo envuelve todo en dignidad:
…es “educación permanente”, pensada en el “autoaprendizaje” y con métodos flexibles: presencial, distancia, libre escolaridad, otros medios que autorice el Ministerio…¿No es esto poesía normativa?
Luego, la Ley 60 de 2003 añade concreción a esa promesa. Crea los “centros de educación oficiales, diurnos y nocturnos, de jóvenes y adultos” que operan por autogestión hasta su legalización. Y por si hiciera falta un reconocimiento al esfuerzo voluntario, incluye:
“…los directivos, facilitadores y administrativos que hayan prestado servicios ad honórem… tendrán derecho a nombramiento interino…”
Imagínate las madrugadas y noches que volvieron a ser aulas improvisadas, en escuelas prestadas: esa autogestión es corazón educativo. Esa nominación es justicia tardía pero justa, y se ha logrado por la legislación escolar en nuestro país.
Desde mi experiencia como hija, estudiante y nieta, conozco muchas historias similares: madres y padres que quieren leerles una historia a sus hijos, trabajadores que rehúyen un diploma de básico porque se sienten juzgados por no "haber terminado", pero que renacen cuando alguien les dice: “Puedes”. Esa palabra, al parecer, está escrita en la ley, pero en el aula debe hacerse carne.
Pero, querido lector, la ley no enseñará sola. Se necesita voluntad política, presupuesto, formación andragógica a docentes y materiales accesibles. Vi con tristeza cómo muchos centros autogestionados quedaron en esbozos, por falta de coordinación o desconexión estatal. Imagino que usted también conoce ese centro que nació con entusiasmo y desapareció como fuga de agua.
Entonces, ¿qué reflexiona uno? Que estas políticas, más que simples regulaciones, son promesas. Y una promesa sin respaldo se convierte en desilusión. Pero la respuesta no está en cambiar la ley, que es clara y humana, sino en darle vida: asignando fondos, formando facilitadores sensibles, usando la tecnología para llegar a comunidades aisladas.
Al escribir esto, siento orgullo y un sabor amargo: orgullo por la visión legislativa, amargura por las brechas que impiden que esa visión florezca. Como profesional que ama la educación, deseo que esa letra tan bella se siga convirtiendo en más historias de éxito, y en la risa de adulto escribiendo su primera frase o en una esperanza renovada al recibir su diploma.
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